Antes de que las agujas de granito de la Patagonia se convirtieran en postales de destinos soñados, antes de que el eco de los bastones de trekking resonara entre los bosques de lenga y los cóndores proyectaran sus sombras sobre carpas ultralivianas tendidas en valles glaciares —mucho antes de todo eso — la frontera austral de Chile era un lugar del que se huía, no al que se aspiraba llegar.
Era el borde del mundo conocido: una extensión de naturaleza azotada por el viento, donde la promesa de tierra venía envuelta en escarcha, aislamiento y el silencio abrumador de los espacios infinitos. Y fue precisamente en ese tiempo y en ese lugar donde comenzó la historia patagónica de la familia Kusanovic.
Lo que partió con un adolescente huyendo de un viñedo moribundo en una isla croata a comienzos del siglo XX, lentamente —y con obstinación— se transformaría en una de las sagas familiares más notables de la Patagonia: una historia multigeneracional de inmigración, adaptación y coraje.
Es una historia moldeada por los movimientos sociales de la época, la evolución de la economía en la región y por burros que entregaban carne a través de caminos rurales embarrados y mujeres que defendían ranchos con escopetas. Y eventualmente, una historia de legado recuperado: de una porción olvidada de tierra bajo las torres del Paine, transformada en uno de los destinos de conservación más celebrados de Sudamérica.
Hoy, viajeros de todo el mundo llegan para recorrer los famosos circuitos W y O, tomar pisco sours en eco-lodges y contemplar con asombro las torres que rozan las nubes.
Pocos saben que ese mismo lugar fue alguna vez el último confín del exilio—un sitio donde construir una vida en medio de una geografía implacable estaba reservado solo para los muy desesperados, o para quienes tuvieran la valentía y la determinación necesarias.
Los Kusanović tenían ambas. Llegaron sin nada, salvo una fama en su tierra natal: eran tercos. Un rasgo que, con los años, dejaría de verse como un defecto para convertirse en credo familiar. Desde los viñedos pedregosos de Brač hasta las turberas anegadas de la Estancia Cerro Negro; desde los vaivenes políticos en Santiago hasta la improbable creación de un hotel en tierras antes consideradas inútiles; su historia es una de supervivencia frente a todo pronóstico —contada no en memorias, sino en madera, lana y el sordo retumbar de pezuñas sobre suelo helado.
Esta es la historia de cómo una familia no solo sobrevivió en la Patagonia, sino que ayudó a definirla.
La historia de la familia Kusanovic no comienza en la Patagonia, sino al otro lado del mundo, en las laderas abrasadas por el sol de la isla de Brač, en Croacia—entonces un remoto enclave del Imperio Austrohúngaro.
Fue en este lugar, en el pueblo de Pražnica, donde nació Antonio Kusanović Jerčić en 1890, en una comunidad tan orgullosa como empobrecida. La vida en la costa dálmata se regía por los ritmos del Adriático y por las hileras de viñas que se aferraban a las laderas pedregosas como un salvavidas.
Durante siglos, la viticultura fue el eje económico y cultural de la isla. Pero a fines del siglo XIX, el desastre llegó con seis patas. Phylloxera vastatrix, una plaga similar a un pulgón, arrasó silenciosamente los viñedos de Europa. Francia e Italia fueron las primeras en caer. Luego el parásito cruzó el Adriático. Para cuando llegó a Croacia, ya se había ganado el título del azote más devastador, incluso más que cualquier guerra. Comunidades enteras observaron, impotentes, cómo sus viñas se secaban, el suelo se tornaba estéril y el futuro se desvanecía.
Como muchos jóvenes dálmatas de su época, Antonio dejó la escuela tempranamente. A los 15 años, abordó un barco de vapor con destino al fin del mundo—no hacia las ciudades brillantes de Europa ni al sueño americano, sino a un puerto poco conocido llamado Punta Arenas, en Chile. Su hermano Juan había hecho el viaje tres años antes, abriéndole camino con cartas e historias de una frontera dura, pero prometedora. Ahora era el turno de Antonio de seguirlo, persiguiendo la oportunidad al otro lado del océano, hacia una tierra más áspera que cualquier cosa que hubiera imaginado.
El viaje fue brutal. La mayoría de los migrantes pasaba semanas en tercera clase, en condiciones insalubres, durmiendo sobre literas de madera y sobreviviendo con pan duro, papas hervidas y, ocasionalmente, un plato de sopa. Cruzar el Atlántico y luego rodear el Cabo de Hornos—una de las rutas marítimas más peligrosas del planeta—era un rito de paso que pocos querían recordar.
“Nunca contó historias sobre el viaje”, explica Liliana. “Creo que quería olvidarlo. Debió haber sido terrible.”
Lo que lo esperaba no era un paraíso. Punta Arenas, en 1906, era un pueblo fronterizo, helado, castigado por ráfagas antárticas y envuelto en aislamiento. Las calles eran apenas huellas de barro. Las casas de madera se apoyaban unas contra otras como buscando abrigo. La ciudad era un mosaico de influencias croatas, inglesas e indígenas— su población aumentaba con los recién llegados atraídos por el oro, la fiebre ovejera y la promesa de tierra.
Pero la oportunidad venía con un precio: inviernos que calaban los huesos, infraestructura precaria y una estructura social que tardaba en abrirle espacio al forastero.
Aun así, en esa tierra ajena y en ese clima implacable, Antonio encontró retazos de hogar.
Desde la década de 1860, los croatas habían estado llegando al sur de Chile, formando enclaves cerrados donde el idioma, la comida y las costumbres de Dalmacia sobrevivían.
Allí, entre tiendas de segunda mano y carnicerías, Antonio volvió a encontrarse con parientes lejanos—incluido un primo con un nombre casi idéntico, Antonio Kusanović Kusanović, y un compatriota ya establecido, Vicente Kusanović, dueño de una modesta carnicería.
Fue en los cuartos traseros de esa carnicería donde la historia de los Kusanovic en Chile comenzó realmente.
“Los hombres de esa generación no se sentaban a recordar”, dice Liliana. “No escribían memorias. Las construían—con manos curtidas, poco sueño y sin quejarse.” Y las construyeron. No en los viñedos fértiles de sus ancestros, sino en las estepas azotadas por el viento y las turberas empapadas de un continente que pasarían toda una vida intentando domar.
Los dos Antonios—primos lejanos que compartían apellido y un mismo apetito por reinventarse—entraron al folclore chileno no por la política ni la fortuna, sino montados en burros, arrastrando carne de res por caminos de barro en el confín ventoso del continente.
Uno era altísimo y desgarbado, con piernas tan largas que casi rozaban el suelo al montar, lo que provocaba sonrisas entre los vecinos y bromas murmuradas en dialecto croata. El otro también era alto, pero visiblemente un poco más bajo. Juntos, se convirtieron en una especie de caricatura viviente—dos siluetas tambaleantes avanzando lado a lado por las calles de Punta Arenas, grabadas en la memoria mucho antes de que existieran escudos de armas o libros contables. La región no los olvidó.
Y así, los primos fueron inmortalizados en la jerga local: los patas largas —Antonio Kusanović Kusanović, el Kusanović de patas larga—y los patas cortas —Antonio Kusanović Jerčić, el Kusanović de patas cortas. Los apodos se quedaron, heredados como reliquias, transmitidos a hijos y nietos sin importar la estatura real, como si el tiempo se negara a olvidar cómo comenzó todo.
Pero más allá de sus andares desiguales, había algo mucho más firme: una ética compartida que los había seguido cruzando océanos. Antonio Kusanović Jerčić provenía de una rama de la familia conocida en Brač con el apodo de Dudi—un término que se traduce más o menos como “los porfiados”. Era una especie de burla con cariño, llevada con orgullo, como una cicatriz bien ganada.
En Chile, para Antonio Kusanović Jerčić y sus descendientes, ese apodo se volvió algo más: una profecía. Antonio llegó con casi nada. Sin capital. Sin tierras. Solo con una fe inquebrantable en que el trabajo—el trabajo sin glamour, implacable—podía abrirles un espacio en el nuevo mundo.
Comenzaron desde abajo, trabajando en carnicerías ajenas, levantándose al alba para fregar pisos ensangrentados y cargar cajas entre aguanieve y escarcha.
Cuando apareció la oportunidad, no dudaron. En 1908, los primos abrieron su propia carnicería. Era poco más que una casucha de madera, parchada con planchas de zinc y un optimismo feroz. Pero era suya.
Desde ahí, la ambición se apoderó de todo.
Empezaron a arrendar tierras que nadie más quería—franjas catalogadas por el gobierno como “Clase C”, consideradas demasiado pantanosas, lejanas o castigadas por el viento para tener algún valor real. Drenaron turberas, talaron bosques de lenga a mano, y construyeron un aserradero con los mismos árboles que arrastraron por su cuenta. Con esa madera encendieron los fogones de Punta Arenas, cercaron campos y ampliaron el negocio. Criaron ganado y ovejas en esas tierras porfiadas, no solo por su carne, sino también por su lana. Procesaron grasa animal y la vendieron para hacer jabón. Convirtieron el desperdicio en ingreso. Y, poco a poco, se convirtieron en propietarios.
No fue glamoroso, ni fácil. Pero hay algo silenciosamente revolucionario en construir un legado donde nadie más estaba mirando.
Los dos primos—distintos en estatura, idénticos en voluntad—vieron oportunidad donde otros veían ruina. Esa terquedad, transmitida como estructura ósea, moldearía no solo a sus familias, sino también a la propia frontera patagónica.
Con el tiempo, los primos tomaron caminos distintos. Uno se lanzó a emprender sus propios proyectos, mientras el otro giró hacia el norte, atraído por una provincia cuyo nombre sonaba a promesa: Última Esperanza—donde, años más tarde, sentaría las bases de la Estancia Cerro Negro.
Fue el momento en que se separaron—un reconocimiento tácito de que el pasado ya no condicionaría sus futuros, y de que incluso los lazos de sangre tienen límites cuando la ambición arde por ambos lados.
Con los años, su distanciamiento pareció inevitable. Como bien diría cualquier estanciero: dos jinetes no pueden sostener las mismas riendas.
Lo que los unía siguió siendo más fuerte que lo que los separaba: su temple de inmigrantes, su estatura física y emocional, y la convicción compartida de que la tierra no se hereda… se gana.
Para 1940, Antonio Kusanović Jerčić llevaba más de treinta años en Chile. Había repartido carne a lomo de burro, paleado aserrín en carnicerías de barrio y talado árboles en el frío que cala hasta los huesos de la Patagonia austral. Había sobrevivido a crisis económicas, turbulencias políticas y a la desconfianza de los chilenos que veían a los croatas como forasteros de lengua extraña.
Pero ya no era el muchacho de Brač. Era un hombre construyendo su futuro.
Ese año, utilizando madera de lenga aserrada con sus propias manos, Antonio construyó una casa familiar en un trozo de tierra áspera y olvidada en la Provincia de Última Esperanza. Las lomas se extendían irregulares, surcadas por turberas y matorrales densos. El suelo era húmedo y ácido. El viento soplaba con tal fuerza que podía arrancar la puerta si no se aseguraba con pernos.
“Todas las buenas tierras ya estaban tomadas”, explica Liliana, la nieta de Antonio. “Así que tomaron lo que quedaba— los pantanos, los cerros. Era tierra de tercera. Pero la hicieron funcionar.”
Al principio, la tierra era arrendada, no propia — un recordatorio más de que su lugar en este país aún era condicional. Pero con trabajo incansable, la familia despejó el bosque, levantó cercos, crió ganado y extrajo sustento de la tierra. Luego, en 1945, un incendio arrasó la Estancia. Las llamas lo devoraron todo, dejando tras de sí solo humo y cenizas. Antonio se paró sobre una colina ennegrecida y le dio un nombre: Estancia Cerro Negro. No era un nombre de duelo. Era una declaración. Un compromiso. La familia se levantaría desde las cenizas. Y lo hizo.
Lo que siguió fueron años de crecimiento notable. Antonio, ya un patriarca con experiencia, se unió a otros miembros del clan Kusanović para hacer una apuesta audaz por la Estancia Mina Rica—una vasta y costosa extensión de tierra cerca de Punta Arenas. Fue un movimiento arriesgado; el valor del terreno aún era incierto. Pero Antonio había desarrollado un talento para ver oportunidades donde otros solo veían dificultad.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, los precios globales de la lana se dispararon—impulsados por la demanda aliada de uniformes y mantas—las ovejas dela familia produjeron no solo fibra, sino fortuna.
Ese viento a favor no solo estabilizó la estancia—la expandió.
Y entonces llegó un giro inesperado. Durante una visita a Viña del Mar, donde vivía su hija Ruby junto a su esposo, los primos se sentaron en una tranquila plaza frente al elegante casino de la ciudad.
Al otro lado de la explanada, se levantaba el esqueleto de concreto de un edificio moderno de diez pisos. La curiosidad los llevó a acercarse y entablar conversación con el arquitecto.
Al finalizar la visita, los primos ya habían decidido invertir en el proyecto. Su propuesta era simple: ayudar a completar la construcción, y a cambio, recibir un puñado de departamentos—y que su nombre quedara grabado para siempre en el edificio.Un gesto de confianza. Un legado tallado en piedra.
Fue un salto silencioso y calculado hacia el mundo del desarrollo urbano. Muy lejos de las turberas de Cerro Negro y de los cercos azotados por el viento de Mina Rica, el apellido Kusanović ahora formaba parte del horizonte de la Riviera del Pacífico chileno. Pero incluso entonces, su identidad seguía anclada a la tierra. En los aserraderos que zumbaban al amanecer. En las botas escarchadas de los estancieros que se levantaban antes del sol. En las sombras alargadas de dos primos porfiados que un día vendieron leche y carne a lomo de burro y que se negaron a aceptar lo imposible.
Habían llegado a la Patagonia sin más que manos curtidas y corazones tercos. A mitad del siglo, tenían madera en los cerros, ganado en los valles y su nombre grabado en el concreto costero de un Chile en transformación.
No fue una vida heredada, sino forjada—madero a madero, huella a huella, negación tras negación a rendirse.
Para la década de 1960, el legado de los Kusanović pasó a manos de Antonio Kusanović Senković—un hombre que heredó no solo la tierra que su padre había luchado tanto por domar, sino también su instinto emprendedor y una determinación inquebrantable. Constructor como su padre, pero también soñador, Antonio amplió la presencia de la familia en la Patagonia, introduciendo nuevas razas de ganado traídas desde Australia, invirtiendo en maquinaria y posicionando la Estancia Cerro Negro como una de las estancias más innovadoras de la región.
Pero el Chile que enfrentaba estaba cambiando rápidamente.
La década de 1970 dio paso a uno de los períodos más políticamente volátiles en la historia del país. La administración del presidente Salvador Allende lanzó una amplia reforma agraria, con el objetivo de redistribuir tierras de los grandes propietarios a colectivos rurales. En todo el país, estancias —muchas administradas por familias durante generaciones— fueron señaladas para su expropiación. Algunas fueron tomadas de la noche a la mañana. Otras fueron desmanteladas gradualmente, por decreto.
La Estancia Cerro Negro, aunque nunca fue símbolo de aristocracia, fue puesta directamente en la mira del gobierno.
El anuncio llegó, como tantos momentos de quiebre, sin advertencia.
“Era la hora de almuerzo”, recuerda Liliana Kusanović. “Estábamos escuchando la radio. De pronto, el gobernador empezó a leer una lista de propiedades. Y ahí estaba la Estancia Cerro Negro. Dijeron que estaba mal administrada. Que no era suficientemente productiva. Era absurdo. Mi papá era un visionario. Trajo los primeros bovinos australianos, cuidadosamente seleccionados, a la región. Modernizó todo. Pero eso no importó. Era política.”
El impacto se convirtió rápidamente en miedo. Y el miedo, en acción. La familia, acostumbrada a construir cercos y marcar terneros, comenzó a prepararse para otra cosa por completo: la defensa. Se sacaron los rifles de sus estuches. Algunos hombres subieron al techo de la casa principal, escaneando el horizonte.
No fueron los antiguos trabajadores del campo quienes generaron preocupación. Los gauchos—muchos de ellos con la familia desde hacía años, incluso décadas—se mantuvieron leales. Estaban con Antonio, conocían la tierra y el legado tanto como cualquier Kusanović. “Ellos eran parte de la familia”, explica Mauricio Kusanović Olate. “Sabían lo que habíamos construido juntos. Nunca dudaron.”
Pero entre los trabajadores de temporada—especialmente los contratados para labores forestales—comenzó a surgir otro ambiente. Los murmullos se transformaron en rumores. Se celebraron reuniones en rincones apartados.
Algunos de estos obreros, menos arraigados a la tierra y más permeables al fervor ideológico que barría el país, comenzaron a considerar la posibilidad de una toma.
Liliana recuerda la tensión con total claridad: “Algunos de los trabajadores de la madera murmuraban. Había una reunión en curso—se hablaba de repartir la tierra. Era surreal. Mi papá—duro como una roca—entró de frente y preguntó: ‘¿Qué está pasando aquí?’ Como un vaquero. No fue confrontacional, pero tampoco iba a retroceder.”
Y luego estaba “Amor”. Amor Eliana era la matriarca de la familia. Dulce, discreta. Hacía pan, curaba rodillas con besos y amaba sin condiciones. Pero cuando llegó el momento de defender su hogar, no titubeó.
“Era la persona más dulce que podías conocer”, dice Liliana. “Pero iba en serio. Se sentó con una escopeta sobre las piernas. Si alguien venía a quitarles la tierra, tendría que pasar por encima de ella.”
Fue un momento que rozó el mito—mitad desafío, mitad desesperación. Pero capturó la verdad de la época. Para familias como los Kusanović, la amenaza de expropiación no era solo económica; era existencial.
La tierra no era solo superficie—era identidad, trabajo, legado. Lo que finalmente salvó a la Estancia Cerro Negro fue un vuelco abrupto en la política nacional. En 1973, el general Augusto Pinochet encabezó un golpe militar que derrocó violentamente al gobierno de Allende. La reforma agraria se detuvo, y las expropiaciones fueron suspendidas. La Estancia Cerro Negro permaneció intacta—salvada no por la ley, sino por el accidente de la historia.
Aun así, las cicatrices quedaron.
“Había miedo en cada rincón”, dice Liliana. “Pero lo que nos sostuvo fue el apoyo de nuestros trabajadores del campo. Estaban con mi padre. No querían que el gobierno tomara el control. Esa lealtad—ese sentido de propósito compartido—lo fue todo.”
Es fácil, en retrospectiva, romantizar esos momentos. Pero para quienes los vivieron, estuvieron marcados por noches en vela y un nudo constante de incertidumbre. Durante casi un año, la familia durmió liviano, a medio vestir, medio listos, sin saber si ese sería el día en que perderían todo.
Y aun así, resistieron.
No sería la última vez que los Kusanović enfrentarían una lucha por su supervivencia. Pero en ese crisol de duda y peligro, rodeados por trabajadores leales, firmes cercos ganaderos y el rugido del viento que siempre ha definido su rincón de la Patagonia, se mantuvieron firmes.
Para 1979, Antonio Kusanović Senković se había ganado una reputación como un estanciero pragmático con apetito por el riesgo. Había atravesado la década más tempestuosa de la historia reciente de Chile, sobrevivido a la amenaza de expropiación y expandido el alcance de su familia por las tierras azotadas por el viento de la Patagonia austral. Ahora, al alero de un auge económico, estaba listo para apostar de nuevo.
La tierra en cuestión se recostaba contra las imponentes torres de granito de Torres del Paine. Se llamaba Estancia Cerro Paine—una franja escarpada y remota, rodeada por lo que se estaba transformando rápidamente en el parque nacional más icónico de Chile. Las vistas eran sublimes, el aire de una claridad imposible, pero casi todo lo demás jugaba en contra: caminos primitivos, inviernos brutales, infraestructura mínima.
“Todos pensaban que estaba loco”, dice Liliana Kusanović, su hija. “Quedaba lejos del pueblo. No había puentes, ni servicios, ni siquiera una forma real de llevar insumos. Pero él vio algo que nadie más vio.”
Para el ojo inexperto, era una pesadilla logística. Para Antonio, era una oportunidad.
Lo que pocos comprendían en ese entonces era que la Estancia Cerro Paine era el último terreno privado en ese sector que no había sido anexado al parque nacional o marcado para futura expropiación. Su posición única—en pleno corazón geográfico de Torres del Paine—la hacía tanto vulnerable como valiosa.
El parque había sido formalmente establecido apenas dos décadas antes, en 1959, tallado a partir de antiguas estancias ganaderas. Poco a poco, el estado chileno, con apoyo de organizaciones conservacionistas internacionales, comenzó a absorber más territorio. La mayoría de los estancieros ya había vendido o sido expulsado. Pero una porción, arrendada en el pasado por pioneros como Juan Radic, aún permanecía. Y, para sorpresa de muchos, Antonio la compró.
“Era el único terreno privado dentro del parque”, explica Mauricio Kusanović Olate, nieto de Antonio. “El plan de manejo de CONAF —como autoridad a cargo de los parques nacionales de Chile— incluía explícitamente la expropiación de esa estancia entre sus objetivos. Y él la compró igual. Todos le decían: ‘Estás loco’. Pero no se inmutó.”
Antonio trasladó su ganado y comenzó a trabajar la tierra como siempre lo había hecho—en silencio, con constancia, y pensando en el largo plazo.
El turismo ni siquiera era un susurro. Los pocos extranjeros que lograban adentrarse en el parque llegaban con cuerdas de escalada y sacos de dormir. No había domos, ni circuitos de trekking, ni filtros de Instagram.
Y entonces vino la crisis económica de comienzos de los años 80.
La inflación se disparó. El peso se devaluó. Antonio, como tantos pequeños propietarios, quedó sobre endeudado. Las deudas se acumularon. La maquinaria quedó inmóvil. Su operación ganadera apenas lograba cumplir con los pagos de la tierra.
Fue entonces cuando llamó a su hija Liliana, que en ese momento vivía en Estados Unidos, cursando un MBA.
“Dijiste que empezara un nuevo negocio”, le dijo por teléfono. “Así que voy a construir un hotel.”
Fue un giro asombroso para un hombre que había pasado la vida marcando terneros y arreglando cercos en vientos de 60 nudos. Pero, una vez más, Antonio se adelantó a su tiempo.
Unos pocos operadores turísticos de Punta Arenas habían empezado a preguntar por lugares para alojar cerca del parque. La demanda no era grande, pero crecía. En 1992, luego de vender una parte de la Estancia Mina Rica para saldar la deuda con el banco, Antonio abrió las puertas de lo que entonces se llamó Hostería Las Torres. No era un lugar grandioso. Solo 9 habitaciones y un pequeño restaurante. Los suministros se arrastraban en carretas tiradas por bueyes. Los materiales de construcción cruzaban ríos en carros de madera. Las piezas eran básicas. Pero había calor, había autenticidad, y se alzaba en el valle más impresionante de Sudamérica.
Desde esa primera temporada, algo cambió.
El boca a boca avanzaba más rápido que las cuadrillas de caminos. Comenzaron a llegar caminantes de Europa y Norteamérica—buscando refugio, comidas calientes y relatos con alma. Encontraron todo eso. Antonio no lo hizo solo. A su lado estaba su esposa— la fuerza silenciosa de la familia, su brújula moral, y quien sostuvo todo cuando el viento soplaba más fuerte.
Ella fue el corazón de la hospitalidad, la guardiana de las tradiciones, y la fuente constante de bondad que anclaba a Antonio y a sus hijos en cada tormenta.
Uno a uno, los hijos y nietos de Antonio se sumaron al esfuerzo—acarreando madera, encendiendo fogones, guiando a los visitantes.
Juntos, expandieron la visión, tabla a tabla, campamento a campamento, refugio a refugio. Lo que empezó como un experimento arriesgado se convirtió en un legado vivo, en crecimiento— construido por una familia cuyo amor por la tierra era tan profundo como las torres de granito que se alzaban sobre ella. “Éramos una estancia de verdad”, dice Mauricio. “Una familia local, entregando todo lo que teníamos a algo que apenas entendíamos—pero en lo que creíamos.”
Hoy, esa humilde hostería se ha transformado en el Hotel Las Torres—ya no una apuesta, sino un referente. Es uno de los pilares de la experiencia en Torres del Paine, recibiendo a miles de viajeros cada año que vienen a conocer un paisaje que alguna vez se creyó inalcanzable.
Pero en 1979 no había multitudes, ni senderos, ni garantías. Solo estaba Antonio—un estanciero envejecido con las manos curtidas, un mapa doblado, y una corazonada salvaje de que esta tierra indómita podía llegar a ser algo más.
Como todo lo que los Kusanović construyeron, no comenzó con certezas. Comenzó con coraje. Con una fe terca. Y con el valor de soñar donde nadie más se atrevía.
Lo que vino después fue, sencillamente, visionario. El primer eslogan de Antonio lo capturaba con precisión: “Un paisaje pintado por Dios, donde se escucha el silencio.”
A medida que la fama de Torres del Paine se extendía—desde mapas dibujados a mano que pasaban de trekker en trekker hasta reportajes brillantes en revistas internacionales—el Hotel Las Torres se transformó. Lo que había comenzado como una hostería modesta, con muros arrastrados por bueyes, se convirtió en una puerta de entrada al alma de la Patagonia.
El aire era delgado, las torres de granito parecían de otro mundo, y el silencio tenía un peso casi sagrado.
Los viajeros llegaban no solo por el paisaje, sino buscando algo más profundo—conexión, quietud, asombro.
Con cada temporada, la hostería crecía. Donde antes había solo huellas de caballo, ahora aparecían caminos. Puentes peatonales cruzaban ríos que antes mantenían alejados a los exploradores. Llegó la electricidad. Más tarde, también el Wi-Fi.
Pero incluso cuando el mundo comenzaba a avanzar sobre el lugar, el espíritu se mantenía intacto. En el fondo, seguía siendo una estancia familiar—anclada en los mismos valores, moldeada por el mismo viento, y enraizada en el mismo sueño obstinado que lo inició todo.
Los Kusanović no construyeron solo infraestructura—construyeron conexión. “Todo cambió cuando la gente empezó a llegar”, dice Mauricio Kusanović Olate. “Ya no éramos solo ganaderos. Nos convertimos en anfitriones. Narradores. Guardianes.”
A comienzos del 2000, cuando el turismo comenzaba a eclipsar a la ganadería como motor económico de la región, la familia tomó una decisión. No se limitarían a aprovechar la tierra: iban a cuidarla. Lo que comenzó como supervivencia, evolucionó hacia la custodia.
Antonio pasó las riendas a sus hijos y nietos. Entre ellos estaba Liliana, la hija mayor, quien había estudiado un MBA en Estados Unidos y regresó con planillas de Excel, visión y un profundo respeto por la tierra donde había crecido. Junto a sus hermanos—José Antonio, Mauricio y Vesna—cada uno con su carácter único y fortalezas propias, comprendieron que solo trabajando juntos podrían hacer crecer el legado familiar. Bajo el liderazgo de Liliana, profesionalizaron las operaciones, equilibrando escala con autenticidad.
Pero la siguiente generación trajo algo nuevo: un propósito más allá del lucro.
Liderados por Josian, hijo de Liliana, junto a Mauricio y otros miembros de la familia, la cuarta generación de los Kusanović comenzó a hacerse preguntas más profundas. ¿Qué significaba realmente administrar una reserva—no solo un hotel? ¿Podía esta tierra, alguna vez dedicada a la ganadería, convertirse en una sala de clases viva y en un modelo de conservación?
En 2013, luego de décadas criando ganado, la familia tomó una decisión simbólica y valiente: retirarían todo el ganado de la Estancia Cerro Paine.
Los caballos permanecerían—por tradición, y porque aún eran la única forma de aprovisionar los refugios más remotos de la Estancia —pero los ritmos de la vida de estancia, los ladridos, los silbidos, los gritos, las viejas formas, ahora debían adaptarse a la tierra, y no al revés.
“Sabíamos que era el momento”, dice Mauricio. “No se trataba de dar la espalda al pasado. Se trataba de honrarlo—compartiendo la tierra con el mundo. ”Llamaron a ese momento “El Último de los Arreos”.
Toda la familia se reunió para mover el ultimo piño de vacas fuera del valle. Gauchos lloraron. Niños cabalgaron junto a sus abuelos. “Fue como un funeral y un nacimiento al mismo tiempo”, recuerda Mauricio. “Nos despedíamos de una parte de nuestra esencia, de lo que nos había formado. Pero al mismo tiempo, dábamos el primer paso hacia el futuro, hacia todo lo que aún estaba por construirse..”
Desde ese día, Estancia Cerro Paine dejó de ser solo una estancia. Se convirtió en Las Torres Patagonia— una área de conservación privada dedicada al turismo sostenible, la restauración ecológica y la vinculación comunitaria.
En 2004, Liliana, su hijo Josian y el colaborador de larga data Cristián Morales fundaron la ONG AMA Torres del Paine para liderar este esfuerzo. La institución no solo fue un soporte, sino una fuerza estratégica—encargada de implementar y administrar el Plan de Manejo Ambiental de la reserva, un paso clave en su evolución.
Hoy, la ONG tiene un nuevo nombre: Las Torres Conservancy. Pero su misión sigue siendo la misma: restaurar, proteger, educar y cuidar el territorio.
Estudiantes locales—muchos de ellos visitando el parque por primera vez—ahora recorren los senderos, plantan árboles y descubren que su tierra no solo es hermosa, sino digna de ser cuidada.
La familia formó su propio equipo de guardaparques—desde constructores de senderos y monitores de fauna, hasta personal de hospitalidad capacitado bajo principios de “No Dejar Rastro”.
Implementaron un sistema holístico de manejo de tierras basado en el pastoreo rotativo—diseñado para regenerar el suelo y armonizar las prácticas ganaderas con la naturaleza—asegurando que aún haya espacio para que los caballos pasten.
Hoy, los huertos biointensivos abastecen la cocina, y la energía renovable está reemplazando los sistemas antiguos, con paneles solares como parte esencial del futuro próximo. Incluso los cócteles del bar cuentan una historia—infusionados con hierbas nativas y servidos con una pizca de conciencia ecológica.
Y a través de todo, la familia Kusanović sigue al mando—no como dueños distantes, sino como guardianes activos, narradores y custodios de un legado.
“Como ganaderos, siempre amamos la tierra—siempre amamos la naturaleza”, dice Mauricio. “Pero ahora aprendimos a compartirla con el mundo. ”Hoy, Las Torres Patagonia lleva en su misión y visión, el objetivo de convertirse en un referente mundial en turismo sostenible y conservación. Pero para quienes llevan el apellido Kusanović, sigue siendo algo mucho más íntimo.
Es aún el lugar donde Antonio construyó una casa de lenga, donde Amor defendió a sus hijos con una escopeta, donde bueyes arrastraron los muros del hotel cruzando ríos helados, y donde—en una colina azotada por el viento—la familia eligió no simplemente sobrevivir la historia, sino escribirla.
Y así, la historia continúa—ahora llevada por bisnietos que caminan las mismas laderas, formulan nuevas preguntas y cuidan la tierra con la misma devoción terca con la que todo comenzó.
La historia de los Kusanović no es solo una historia de migración o emprendimiento. Es una historia de supervivencia—de familias que resistieron el colapso de la economía vitivinícola croata, que cruzaron océanos con poco más que esperanza, que enfrentaron expropiaciones, regímenes comunistas y el silencio ensordecedor del invierno patagónico.
Es una historia donde la terquedad es virtud, el riesgo es vocación y el trabajo es el lenguaje común que se transmite de generación en generación.
Todavía hay cercos en la Estancia Cerro Negro construidos a mano. Todavía se alzan lengas desde cerros marcados por el fuego. Todavía hay huellas de cascos de una época en que los burros llevaban carne por caminos de barro y los bueyes arrastraban los muros del hotel cruzando ríos helados. Todavía hay descendientes que no hablan de sus antepasados con nostalgia, sino con reverencia. Mauricio Kusanović Olate, junto a sus primos, representa la tercera generación al cuidado de estas tierras—y comprende el peso de ese legado. “Nuestra historia siempre ha sido sobre la tierra”, dice. “Al principio, se trataba de sobrevivir en ella. Luego, de trabajarla. Hoy, se trata de conservarla—y al mismo tiempo, de crear oportunidades para las comunidades locales que llaman a este lugar su hogar. Creo profundamente que el turismo sostenible es la herramienta más poderosa que tenemos para conservar—porque no solo protege los paisajes naturales, también eleva a las personas que viven en ellos.”
Los esfuerzos de conservación de la familia han evolucionado hacia algo mucho más grande de lo que Antonio Kusanović Senković podría haberimaginado cuando vio por primera vez la Estancia Cerro Paine. Hoy, con más de 600 colaboradores, cinco refugios, un hotel premiado y más de 50 kilómetros de senderos bajo su cuidado, los Kusanović se han convertido en referentes discretos de un modelo de turismo de conservación que ha ido ganando reconocimiento en Sudamérica.
En el centro de todo hay una verdad sencilla: la conservación debe valorarse—y financiarse.
El turismo sostenible no solo es compatible con la conservación; es esencial para ella. Sin apoyo económico, preservar es imposible. Y en lugares remotos y salvajes como la Patagonia, el turismo sostenible se convierte en el puente entre la protección de ecosistemas y el empoderamiento de las comunidades locales.Pero lo verdaderamente notable no es solo la escala. Es la intimidad.
Han creado una huerta biointensiva que alimenta a quienes los visitan. Un bar de cócteles que cuenta historias de biodiversidad en cada trago. Un programa de reforestación que enseña a niños de séptimo básico a plantar raíces—no solo en la tierra, sino en su sentido de pertenencia.
Y en 2013, cuando salió el último ganado de la Estancia Cerro Paine en lo que la familia llamó "El Último de los Arreos", no cerraron un capítulo. Abrieron otro. Renombraron el lugar como Las Torres Patagonia y asumieron un futuro que une la conservación ecológica con la continuidad cultural.
Todavía hay caballos en los valles. Todavía cabalgan gauchos. Pero hoy, esos gauchos patrullan senderos con formación en manejo holístico del territorio. Los visitantes llegan con cámaras en transfer desde el aeropuerto.
Hoy, donde antes estaban los jinetes, trabajan custodios conscientes del medioambiente.
“Ser un referente en turismo sostenible y conservación”, dice Mauricio, “ese es nuestro objetivo. Aún no estamos ahí. Pero ese es el sueño. Para eso nos levantamos cada día.”
Es un equilibrio delicado—entre la memoria y el movimiento, entre la herencia y la innovación. Entre el pasado que recibieron y el futuro que están intentando construir. Y sin embargo, de algún modo, han logrado mantener el rumbo—con las botas gastadas, el cuerpo azotado por el viento, pero con el corazón intacto. Porque si hoy visitas la Estancia Cerro Negro o el Hotel Las Torres, no estás entrando simplemente a un campo o a un hotel. Estás entrando a una historia viva: Tallada por burros, Defendida por escopetas, Contada a la luz del fuego, Y sostenida por la voluntad inquebrantable de una familia que jamás dejó de creer que algo hermoso podía crecer—incluso desde el suelo más áspero.
Y ahora, ese legado pasa a los bisnietos—que caminan los mismos senderos, respiran el mismo aire frío, y llevan grabada en los huesos una verdad que los guía: esta tierra no le pertenece al pasado. Le pertenece a quienes estén dispuestos a amarla hacia el futuro.