Antes de que Torres del Paine fuera reconocido por sus senderos, montañas y refugios, este territorio ya era recorrido por antiguos grupos humanos. En las pampas, lagos y aleros rocosos de la Patagonia austral, cazadores-recolectores se desplazaban siguiendo a los guanacos, utilizando los recursos del paisaje y dejando testimonios que aún se conservan en la roca.
La historia cultural de esta zona de la Patagonia comenzó mucho antes del desarrollo turístico que hoy atrae a viajeros de todo el mundo. Sus paisajes no solo hablan de montañas, glaciares y vida silvestre: también conservan la memoria de quienes habitaron y recorrieron este territorio durante miles de años.
La presencia humana en la Patagonia se remonta a miles de años atrás, con tradiciones culturales y manifestaciones rupestres asociadas a los primeros pobladores del extremo sur de América. En el área de Torres del Paine, los registros arqueológicos identifican sitios de alrededor de 3.500 años de antigüedad, especialmente en sectores donde aún se conservan aleros y pinturas rupestres, como ocurre en el entorno del Lago Sarmiento.
Estos grupos se movían por la estepa, los bordes de lagos y los sectores rocosos, adaptándose a un territorio marcado por el viento, las largas distancias y la presencia del guanaco. Su huella permite entender que la historia de esta zona no comienza con el turismo, sino con una relación mucho más antigua entre las personas y el paisaje patagónico.
Con el paso del tiempo, esa memoria territorial se vincula con pueblos originarios históricamente documentados, entre ellos los tehuelches. Historia que se asocia de forma más específica con los Aónikenk. Mientras “tehuelche” es el nombre más reconocido a nivel general, “Aónikenk” permite referirse con mayor precisión a los grupos vinculados al extremo sur de la Patagonia y al territorio que rodea Torres del Paine.
Habitar la pampa patagónica exigía adaptarse a un ambiente de clima extremo, largas distancias, fuertes vientos y recursos dispersos. Para los tehuelches, el movimiento era parte esencial de la vida: trasladarse permitía seguir a los animales, encontrar alimento y aprovechar distintos sectores del territorio según la época del año.
El guanaco ocupaba un lugar central en esa forma de vida. Su carne era una fuente importante de alimento, mientras que el cuero se utilizaba para confeccionar vestimenta, refugios y otros elementos cotidianos. También aprovechaban recursos como huevos, raíces y frutos silvestres, complementando su dieta según lo que ofrecía el paisaje.
Sus viviendas, conocidas como toldos, eran estructuras desmontables hechas con palos y cueros de guanaco. Esta solución les permitía instalar campamentos temporales y volver a moverse cuando cambiaban las condiciones del entorno. También usaban capas de cuero, que podían estar decoradas en su interior con diseños geométricos.
Uno de los episodios más conocidos asociados a los pueblos originarios del extremo sur está relacionado con el origen del nombre “Patagonia”. Cuando la expedición de Hernando de Magallanes llegó al sur de América en 1520, sus tripulantes se encontraron con habitantes de gran estatura en comparación con los europeos.
Durante mucho tiempo se difundió la idea de que el nombre “patagones” provenía de sus grandes pies o de las huellas que dejaban sus botas de cuero. Sin embargo, una explicación más aceptada actualmente señala que Magallanes habría usado el término “Patagón” en referencia a un personaje de una novela de caballería.
Así, el nombre Patagonia nació entre la observación europea, la imaginación de la época y los relatos que transformaron a los pueblos originarios del sur en figuras casi míticas. Detrás de ese mito, sin embargo, existía una cultura real, compleja y profundamente adaptada al territorio.
La historia reciente del pueblo tehuelche, especialmente de los Aónikenk, estuvo marcada por un fuerte proceso de desplazamiento territorial, enfermedades, pérdida de espacios y presión asociada al avance de la colonización.
Su lengua, el aonek’o ’a’ien, también sufrió un profundo proceso de pérdida. Dora Manchado, reconocida como una de las últimas hablantes fluidas del idioma tehuelche, fue clave en el registro de palabras, relatos y materiales que hoy forman parte de los esfuerzos por preservar y revitalizar esta memoria cultural de la Patagonia.
A pesar de este proceso, la historia tehuelche no ha desaparecido. Permanece en los estudios arqueológicos, en los relatos transmitidos, en la memoria de sus descendientes y en los sitios patrimoniales que aún se conservan en la Patagonia.
Una forma de acercarse a esta historia es a través del Tour Patagón de Las Torres Patagonia. Esta excursión de medio día recorre parte de la pampa cercana al Lago Sarmiento y permite visitar aleros con pinturas rupestres asociadas a los antiguos habitantes de la zona.
El recorrido tiene una extensión aproximada de 9,5 kilómetros, por terreno mayormente plano. Durante la caminata es posible observar guanacos, aves rapaces y, con suerte, fauna emblemática del parque a la distancia.
Más que una excursión centrada en el desnivel o en las grandes postales de montaña, el Tour Patagón propone una mirada distinta sobre Torres del Paine. Es una invitación a comprender quiénes habitaron este territorio antes de los caminos, las porterías y los refugios, y a reconocer que la historia cultural de la Patagonia sigue presente en sus paisajes.