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Los ictiosaurios de Torres del Paine: una historia de 131 millones de años

  • 4 mins

Mucho antes de sus montañas y glaciares actuales, Torres del Paine formaba parte de un antiguo mundo marino. Cerca del Glaciar Tyndall, decenas de fósiles de ictiosaurios permiten reconstruir hoy ese pasado, entre ellos Fiona, una excepcional hembra preñada de 131 millones de años.


Torres del Paine es conocido por sus montañas, glaciares y paisajes, pero las rocas de este territorio conservan una historia mucho más antigua. Durante el Cretácico, parte de esta región de la Patagonia estaba cubierta por el mar y era habitada por una fauna completamente diferente a la actual.

Una de las principales evidencias de ese pasado se encuentra cerca del Glaciar Tyndall, en el Parque Nacional Torres del Paine, donde se ha identificado una extraordinaria concentración de fósiles de ictiosaurios.

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¿Qué es un ictiosaurio?

Los ictiosaurios fueron reptiles marinos que vivieron durante gran parte de la Era Mesozoica, entre hace aproximadamente 250 y 90 millones de años. Aunque coexistieron con los dinosaurios, no pertenecían al mismo grupo y estaban completamente adaptados a la vida en el océano.

Su cuerpo tenía una forma similar a la de un delfín, con aletas y una cola adaptada para desplazarse con rapidez. Respiraban aire mediante pulmones, por lo que debían subir a la superficie, y las hembras daban a luz a sus crías directamente en el agua.

Su nombre significa “lagarto pez”, aunque no eran peces. Existieron especies de tamaños muy distintos y durante millones de años habitaron diferentes ambientes marinos alrededor del planeta.

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Un extraordinario yacimiento junto al Glaciar Tyndall

Las condiciones del antiguo fondo marino favorecieron la conservación de numerosos ictiosaurios. Se cree que algunos ejemplares fueron cubiertos rápidamente por barro y sedimentos submarinos, lo que ayudó a proteger sus restos y permitió que llegaran hasta nuestros días convertidos en fósiles.

Muchos de ellos han podido ser identificados gracias al retroceso del Glaciar Tyndall, que ha dejado al descubierto superficies de roca que antes permanecían cubiertas por hielo. A medida que nuevas áreas quedan expuestas, también aparecen capas geológicas que pueden contener restos de millones de años de antigüedad.

Hasta ahora, en el sector del Tyndall se han identificado cerca de 87 ejemplares de ictiosaurios, varios de ellos muy completos y con sus huesos todavía articulados.

Entre los fósiles hay adultos, juveniles, recién nacidos y hembras preñadas. Esta diversidad sugiere que el área pudo haber tenido un papel importante en la reproducción y crianza de estos animales.

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 Crédito: NASA. 

Fiona: un hallazgo excepcional

En 2009, la paleontóloga chilena Judith Pardo-Pérez identificó cerca del Glaciar Tyndall el fósil de un ictiosaurio de aproximadamente cuatro metros de longitud. Años más tarde sería conocido como Fiona.

La dificultad de acceso al sector hizo que permaneciera en terreno durante más de una década. Finalmente, en 2022, un equipo científico logró excavarlo y extraerlo completo para su estudio.

Las investigaciones confirmaron que Fiona pertenecía a la especie Myobradypterygius hauthali y que se trataba de una hembra preñada. En su interior se conservaba el esqueleto de una cría de unos 50 centímetros, un hallazgo especialmente valioso para estudiar la reproducción de estos reptiles marinos.

El fósil también entregó pistas sobre otros aspectos de su vida. Los investigadores identificaron pequeñas vértebras de peces asociadas a su alimentación y alteraciones en una de sus aletas delanteras, posiblemente relacionadas con una lesión o enfermedad.

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Un patrimonio expuesto y frágil 

El mismo proceso que permite descubrir nuevos fósiles también representa un desafío para su conservación.

Una vez expuestos, los restos quedan sometidos al viento, la lluvia, los cambios de temperatura y los ciclos de congelación y deshielo, factores que pueden deteriorar progresivamente la roca.

Por eso, el trabajo científico no consiste solo en identificar nuevos ejemplares. También implica registrar los hallazgos, evaluar su estado y buscar formas de proteger aquellos que permanecen en el lugar.

A esto se suma la ubicación remota del yacimiento y las difíciles condiciones climáticas de la zona, que convierten cada campaña científica en un importante desafío logístico.

 

Una ventana al pasado de la Patagonia 

El registro de ictiosaurios del Cretácico en el hemisferio sur es mucho más limitado que el conocido en otras regiones del mundo. Por eso, la cantidad y el estado de conservación de los ejemplares encontrados cerca del Glaciar Tyndall ofrecen una oportunidad poco común para estudiar cómo vivían estos animales en esta parte del antiguo Gondwana.

Sus fósiles permiten investigar aspectos como la alimentación, reproducción, crecimiento y salud de los ictiosaurios. Ejemplares como Fiona resultan especialmente valiosos porque reúnen distintas evidencias biológicas en un mismo individuo.

En conjunto, estos descubrimientos han convertido al sector del Glaciar Tyndall en un lugar de gran interés para la paleontología y han permitido conocer una etapa de la historia natural de la Patagonia que permaneció oculta durante millones de años.

 

Una historia distinta de Torres del Paine

Los fósiles del Tyndall no forman parte de los senderos turísticos y se encuentran protegidos para su estudio y conservación. Algunos ejemplares han sido extraídos y trasladados para investigación, mientras muchos otros permanecen en las rocas del sector.

Su existencia, sin embargo, permite entender Torres del Paine desde una perspectiva diferente. Antes de sus glaciares, montañas y bosques, este territorio estuvo vinculado a un antiguo ecosistema marino habitado por especies que desaparecieron hace millones de años.

Hoy, esos fósiles permiten reconstruir una parte de esa historia y muestran que el patrimonio natural de Torres del Paine no comienza con el paisaje que vemos actualmente, sino mucho antes.